jueves, 16 de junio de 2011

plática

A través de mis ojos sonaba la canción que mi emepetrés tenía, pero no había pila alguna que lo abastezca, otra vez lo mismo de siempre, olvidándome las cosas porque estoy con la mente o lo que sea que haya, en otro lado. Un intento de flequillo rollinga me molestaba en la frente, en realidad todo me molestaba y cuando todo me molesta dejan de molestarme pequeñeces como esas porque las cosas que en verdad me molestan son abismales al lado de esas miniaturas que se complotan para hacer que todo me moleste. Y más a menos era así y es así ahora. Ya no se que había en mi vida, preguntas existenciales que nunca suelo hacerme, creo que es mejor hacer las cosas que sentis y ya. Pero el punto es cuando no sabés qué sentís, y es ahí cuando te haces las preguntas existenciales: qué. Y mientras el auto avanzaba como todos los demás que estaban en la calle 31, como millones de obreras haciendo lo que la hormiga reina les dice que hagan, yo me preguntaba qué era lo que me pasaba y lo que hacía que día por medio me ponga de mal humor impotencial todo el día.  Y con ganas de no hablarle a nadie excepto a ese alguien desconocido o a vos, mi boca era una línea recta y mis respuestas eran monosílabas. Conversaciones sin sentido (o tal vez con demasiado sentido para mi gusto) en las cuales no opinaba iban a mal tono por el aire, de atrás a adelante. Y llorar de impotencia no servía para nada, estaba en un auto con tres personas, y ninguna de ellas podía darme una solución. Necesitaba guardar este nudo en la garganta hasta llegar a mi escuela y soportar dos horas más de alguna materia inútil seguramente, ya que ninguna de ellas podía ser ni artística ni lengua con Analía Erdozaín ni una que me enseñe como ver lo que no veo.   

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